Traducción del Dr. Ángel Xolocotzli

Martin Heidegger, Preguntas fundamentales de la filosofía. “Problemas” selectos de “lógica”, trad. Ángel Xolocotzi, en prensa en la editorial Comares, Granada, España.

§ 33. El inicio del pensar y la determinación esencial del ser humano

a) El soportar el reconocimiento del ente en su entidad y la determinación esencial del ser humano como el perceptor del ente como tal (nou=j y lo/goj)

Pero los griegos en su gran inicio, con el cual iniciaron el pensar, es decir la interpretación del ente como tal, habrían renunciado a su tarea más propia si hubiesen preguntado todavía y de nuevo por la a)lh/qeia misma. ¿En qué medida? Entonces ya no hubiesen preguntado, es decir, no se hubiesen mantenido en el camino de su pregunta, el cual se consumaría con aquella respuesta y de ese modo estaría llevada a cabo por completo. Pues para mantenerse en la pregunta de qué sea el ente, tuvieron que permanecer en el ámbito de eso que consuma este preguntar, a decir, en la respuesta o)/n, a)lh/qeia – pues sólo así el ente como tal les estaba desocultado en su estabilidad, presencia, forma y límite. [138] Sólo de esa forma preservaron el espacio en el cual se pudo desplegar toda la riqueza del pensar griego y con ello las determinaciones del ente.

Preguntar más allá de la a)lh/qeia, poner en cuestión la a)lh/qeia misma en el ámbito y en la dirección de la pregunta iniciada significaría conmocionar la respuesta y por ende el preguntar. Pero – aunque suene tan extraño – la más grande conmoción del preguntar esencial no consiste en ser revocado en algo más originario, sino en ser fijado en su propia usualidad, ser petrificado y rebajado a una fórmula que cualquiera puede transmitir a cualquiera. Y efectivamente, sólo en el instante en el que la a)lh/qeia comenzó a renunciar a su esencia inicial, el estar desocultado, a favor de la corrección fundada en ella, en ese instante decisivo, cuya preparación ocurre en el pensamiento de Platón, la gran filosofía de los griegos llega a su fin.

El no-preguntar por la a)lh/qeia como tal no es ninguna negligencia, sino a la inversa, es la insistencia segura de los griegos en la tarea encomendada a ellos. Este no-preguntar – el no-ocurrir la pregunta por lo que, por su parte, sea la a)lh/qeia – es lo más grande. ¿Por qué? Porque exige la perseverancia en un ser-necesario, esto es, traer el ente como tal, por primera vez y en general, a reconocimiento y así a la interpretación más simple. Es fácil escabullirse pronto de algo casi no entendido a lo próximo e incitante, es seductor y cómodo huir de lo simple hacia la multiplicidad distractora y lo siempre nuevo. Pero soportar aquel primer reconocimiento del ente como tal en su entidad, afrontado por los griegos, es lo más difícil y en su simplicidad lo más desazonante que tuvo que acaecer a fin de que en el futuro hubiera para occidente un inicio de su pensar y el ser humano mismo pudiese en cuanto ente saberse estando en-medio del ente.

[139] Pues ¿qué exige el reconocimiento del ente como tal en su carácter de fu/sij y a)lh/qeia? Nada menos que la actitud fundamental de la simple asunción del ente en su entidad, por ende en la unidad que determina al ente como tal. Así, a partir de esta actitud fundamental del ser humano con el ente como tal tuvo que determinarse a la vez la esencia del ser humano como aquel ente, que en medio del ente deja a éste venir ante sí en totalidad, para así percibirlo y custodiarlo en su estabilidad, presencia, forma y límite, en su estar desocultado. Por ello el ser humano fue determinado a una con este inicio del pensar mismo como aquel ente cuya distinción consiste en ser el perceptor del ente como tal.

Este percibir se dice en griego noei=nnou=j, y este originario agrupar y concentrar al ente a partir de lo que es previamente en la unidad, e(/n, se dice en griego le/gein, colectar, y lo/goj. Este percibir es lo contrario de una mera asunción pasiva, más bien es el constante dejar venir afuera y dejar estar en la presencia, mediante lo cual el ente mismo precisamente es puesto de vuelta en sí mismo. El percibir, noei=n, es el dejar imperar de la fu/sij o, como también dijimos, el dejar ser al ente en lo que él es. El ser humano es el perceptor del ente, el depositario de su entidad y esto significa de su verdad. El agrupar y concentrar al ente en torno a la unidad de que es ente, el lo/goj, no es un acoplar piezas ulteriormente de los entes singulares, sino la reunión originaria y anticipatoria de todo lo que comparece, en la unidad, ser ente, mediante lo cual el ente singular como tal se hace siquiera visible.

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b) La transformación de la determinación inicial de la esencia del ser humano, ser perceptor del ente, a la determinación de la esencia del ser humano como el animal racional

El ser humano es experimentado, al interior del ente y en su pertenencia a él, inmediata y primeramente como un “viviente”, zw=?on, animal. Pero ahora se muestra que el ser humano es aquel “animal” que tiene la distinción de percibir al ente, cuya facultad fundamental es la percepción, la reunión, nou=j und lo/goj, en la transposición latina ratio. Homo est animal rationale. Solemos traducir desde hace mucho tiempo: el ser humano es el animal racional. Ésta es la concepción de ser humano que es válida aún hoy; todavía hoy miramos esta duplicidad en el ser humano. Por un lado lo tomamos “biológicamente” como animal, y por otro apelamos a su razón y racionalidad, y hacemos de la razón, de la “lógica”, el criterio de su actuar. Consideramos al ser humano en términos meramente raciales y exigimos que su política sea “racional” y “lógica”. El ser humano es el animal racional. Hacemos valer esto como algo tan obvio que no se nos ocurre en absoluto pensar que esta interpretación del ser humano podría haber surgido de un inicio muy particular, y esto significa a la vez que mientras tanto podría haberse alejado demasiado del origen y ser algo muy digno de ser preguntado en lugar de algo obvio.

¿Qué tan lejos está este animal racional y la comprensión de su esencia del rango inicial que le fue asignado al hombre, de manera pensante, en el inicio del pensar? Ya no distinguimos nada de lo inicial y eso significa a la vez de lo necesario. Pues enseguida se abandonó la determinación inicial del ser humano, ser el perceptor y custodio del ente. El percibir pasó a ser razón y ésta pasó a ser la facultad de un alma, la cual pertenece a un cuerpo [Leib]. Todo esto pasó a ser ello mismo sólo un fragmento y suceso del ente. Y de inmediato, en el cristianismo, el alma [141] pasó a ser el alma de lo singular, de cuya salvación supraterrenal depende todo, salvación que llega a ser cierta sólo en la fe y no en la ratio. El ser humano y la razón humana ahora ya no son más un suceso al interior del ente, sino como éste, en general, sólo criaturas y algo creado, confiado a una estancia pasajera en la tierra, pero no auténtica. No hay nada más de aquel perceptor y custodio del ente.

Y a pesar de todo, en su separación de la fe, la razón nuevamente se hace autónoma mediante una interpretación, la nueva autointerpretación, aunque ya no más en el modo inicial, sino en el modo determinado mediante el cristianismo. La razón se hace cargo ella misma de planear, construir y hacer el mundo. El ente ya no es fu/sij en el sentido griego, sino “naturaleza”, es decir, aquello que es capturado en el concepto previo planificador del cálculo y puesto en las cadenas de la predicción matemática. La razón llega a ser ahora cada vez más racional, y todo ente pasa a ser su maniobra, entendiendo esta palabra en su sentido esencial y no peyorativo. El ser humano es cada vez más ingenioso y listo, pero al mismo tiempo más multitudinario y pequeño. Las oportunidades y posibilidades en las cuales pone en juego sus maniobras llegan a ser ilimitadas debido a las maniobras mismas. Todo esto no excluye, sino precisamente exige, que todo aquello que se contrapone a la razón que calcula en cuanto límite, lo irracional, es decir, lo que no puede ser calculado por ella, entre en vigor a su modo, a decir, dentro del ámbito de las maniobras de la razón. Cuanto más implacables son las maniobras de la razón y su cálculo, tanto más fuerte y multitudinario es el alarido por la “vivencia”. Ambos se incrementan y enredan mutuamente. Aún más: las maniobras, por ejemplo logros gigantescos de la técnica, llegan a ser ellos mismos la “vivencia” más grande, y las vivencias buscan la forma de la maniobra. Una pelea de box es una “vivencia”, pero seguramente no para los boxeadores; estos no tienen vivencia alguna, pero por lo menos se limitan a boxear; el “vivenciar” [142] reside en los espectadores, y lo vivido es toda la maniobra del espectáculo de “gran producción”. La vivencia pasa a ser maniobra; reflexionemos un instante en lo que ha confluido en la palabra “frente confesional” y en el hecho de que se forma esta palabra y no solamente ocurre el proceso.

La vivencia como maniobra y la maniobra como vivencia – lo que emerge en este proceso completo no puede ser atribuido a ningún ser humano singular, pero es el proceso en el cual el ser humano, sabiéndose como “animal racional” y operando como tal, paga las últimas consecuencias de su “cultura” y “civilización”: el distanciamiento más extremo de la posición, fundada inicialmente, en torno al ente. Que la esencia originaria de la verdad no haya podido ser retenida y que el ser humano finalice por doquier en sus maniobras y vivencias es uno y el mismo proceso. No es extraño que para nosotros los de hoy sólo con dificultad y escasamente resplandece lo que ocurrió como inicio en el inicio del pensar occidental.

§ 34. La necesidad y el ser-necesario de nuestro preguntar por el estar desocultado mismo a partir de un captar el primer inicio de manera más originaria

El perseverar de los griegos en el inicio, el preguntar por el ente como tal y de ese modo el perseverar en la primera respuesta, en el despliegue de lo que con ella se inaugura, entonces el no-preguntar por la verdad, no es una negligencia o fracaso, sino el testimonio de la fuerza de estar a la altura frente a un ser-necesario. Si ahora nosotros preguntamos y quizás debamos preguntar qué es pues aquel estar desocultado mismo, entonces este preguntar no puede ser una recuperación de una negligencia. ¿Qué debe ser, si es la preparación del acaecer de algo-que-todavía-no-ha-acaecido? ¿Qué debe ser nuestro preguntar por lo menos en primer lugar, y de hecho necesariamente? [143] Nuevamente debe ser un ser-necesario e incluso nuevamente un inicio, pero un otro inicio.

¿Por qué interrogamos la pregunta por la esencia de la verdad? ¿Sólo porque hay algo que “criticar” en la concepción vigente de verdad? Esa sería una razón demasiado miserable y pequeña. Pero ¿dónde está el ser-necesario, y eso significa de acuerdo a lo anterior, dónde está la necesidad? Ambas son tan particulares y únicas precisamente porque en primer lugar nos permanecen ocultas, de modo que parece que no estamos de manera pensante en la necesidad, y que podríamos y deberíamos seguir murmurando alegremente en la filosofía vigente, es decir, abusar de ella sin reparos y todo bien mezclado, si ahora nosotros tomamos solamente lo racial y le damos a todo un rostro muy político. No diríamos que ni uno ni otro sería esencial para nuestra meditación propia, pero lo que permanece más esencial es que nosotros sepamos y aprendamos a saber que las grandes tareas exigen una gran preparación y un equipamiento todavía mayor, si ellas deben ser preservadas en su dignidad.

Primero debemos expresamente ayudarnos a regresar a nuestra necesidad y esto lo podemos hacer solamente al ponernos nuevamente bajo los ojos de la necesidad esencial y su ser-necesario, y para ello, conseguir para nuestros propios ojos nuevamente un criterio visual. Si no lo logramos a partir de nosotros mismos, debemos buscarlo y podemos encontrarlo sólo ahí en donde una vez y sólo hasta ahora inició un inicio. Debemos intentar captar el inicio del pensar occidental en este respecto todavía de modo más originario.

La historia inicial de la esencia de la verdad proporciona la verdad como la esencia del ente mismo, como el estar desocultado. Este establecimiento inicial de la esencia, asignado al iniciar del inicio, incluye el hecho de que no se pregunte por la a)lh/qeia misma. Ahora el no-preguntar ha llegado a ser más claro en cuanto surgido del ser-necesario de colocar, preservar y desplegar al ente en su entidad en primer lugar y por mucho tiempo. ¿De qué necesidad surgió este ser-necesario? [144] De cualquier forma se levantó con ello algo necesario ante los griegos, que no tenía que ver con algún comportamiento de alguien singular ni tampoco con el comportamiento de una comunidad, sino que encendió el inicio de una historia, de hecho de la historia, en la cual estamos todavía.

Naturalmente sería erróneo y a la vez infantil querer creer que aquellos que tuvieron que iniciar este inicio hubiesen sabido de ello en la misma forma ulterior como nosotros posteriores. Pues suponiendo que este saber hubiese llegado a estar vivo, aunque sólo en presentimientos indeterminados, entonces el ser-necesario de lo asignado también ya hubiese perdido su grandeza y su carácter esencial. Pues todo lo necesario que se apoya en la meta reconocida ya está con ello tocado en su incondicionalidad y pureza. Lo necesario en su mayor forma siempre está sin las muletas del porqué [Warum] y del porque [Darum], y sin el apoyo del para qué y para esto. En tal ser-necesario entonces debe hacerse necesitar también una necesidad preeminente de modo que lo necesario sea experimentado y soportado.

Recapitulación

1) Rigor y orden interno del preguntar a diferencia del orden sistemático de un sistema

En el desglose de nuestra pregunta por la verdad se debe inculcar una y otra vez que todo depende del curso del proceder. Pero esto no en el sentido habitual de mantener a la vista el “contexto sistemático” para integrar correctamente las singularidades a su lugar. Pues no se trata de una doctrina sistemática de la verdad, de una presentación de principios sobre la esencia de la verdad, los cuales deberían agruparse en un sistema doctrinal. La época de los “sistemas” de la filosofía ha pasado definitivamente. Esto no porque el material de conocimiento haya crecido de modo tan gigantesco [145] que hiciera imposible ordenarlo de cierta manera controlable, sino porque la esencia del saber se ha transformado a diferencia y, ante todo, en contraposición al saber moderno el cual reclama él solo en sí y para sí el “orden sistemático”. En el gran inicio del pensar occidental todavía no había, y de hecho necesariamente, sistema alguno, y después del final de este primer inicio ya no habrá sistemas. ¿Por qué? Porque los aspectos necesarios profundos guiarán el pensar y el preguntar y porque su orden interno y rigor estarán más ocultos que la aparentemente insuperable, por transparente, completitud de un sistema. Sólo bajo dos condiciones es el sistema la forma más elevada del saber:

1. si y en la medida en que lo que puede ser sabido en total, el ente como tal, sea determinado a partir del hilo conductor del pensar;

2. si y en la medida en que el pensar se funde él mismo sobre principios últimos en torno a él mismo y determine toda fundamentación como derivación de estos principios.

Pero en caso de que ambas condiciones ya hayan sido conmovidas, de ninguna forma se ha anulado con ello el rigor del preguntar y su curso, sino que el rigor y la manera de proceder ahora ya no pueden ser regulados más por el orden sistemático de un sistema.

En el desglose de la pregunta por la verdad todo depende del curso de nuestro proceder. Sin embargo, el hecho, de graves consecuencias, de que desde hace siglos la concepción del saber ha sido determinada a partir de la ciencia moderna, es la razón de que en filosofía podamos liberarnos sólo con dificultad del orden sistemático científico. Eso quiere decir que todo lo que no se reconoce como un tratamiento científico de un objeto o de un ámbito material, es colocado como “psicología”, es decir, como descripciones del modo como es “vivido” el pensar filosófico. Puede haber tales descripciones; la filosofía de Nietzsche, en gran medida y casi en todo lo que él mismo publicó, se puede malinterpretar en esta dirección.

[146]

2) La meditación histórica sobre el ser-necesario del primer inicio y la obtención de los criterios para el ser-necesario del preguntar propio por la verdad

Si aquí en esta lección decimos tan poco sobre la esencia de la verdad misma y no exponemos ninguna teoría al respecto, sino que nos mantenemos constantemente sólo en el preguntar de esta pregunta por la verdad, entonces parece también que tratamos más de la “vivencia” de la pregunta por la verdad que de la esencia de la verdad. Y sin embargo, este curso de nuestro proceder no es ni un orden sistemático del problema de la verdad ni una psicología de su problemática. ¿Entonces qué es? Una designación no aporta nada si no captamos lo que sucede.

La breve discusión crítica del concepto tradicional de verdad pasa a una meditación histórica sobre el inicio del pensar occidental. Esta meditación se ve ahora llevada a pensar el ser-necesario del preguntar, en cuya ejecución por primera vez la a)lh/qeia, el estar desocultado del ente, la verdad, llega al saber sin llegar a ser ella misma pregunta. Nuestra meditación histórica debe meditar sobre el ser-necesario de la pregunta por la verdad. Este ser-necesario no es un objeto de discusiones psicológicas. El ser-necesario de la pregunta por la verdad es más bien aquello que decide sobre qué “contenido” deberá tener en el futuro la determinación esencial de la verdad. Nuestra meditación permanece en el contenido material de la pregunta por la verdad de manera completamente diferente a cualquier orden sistemático.

La meditación sobre el ser-necesario de la pregunta por la verdad decide sobre su originariedad y carácter esencial, decide si aquello que resplandeció inicialmente como a)lh/qeia para extinguirse nuevamente enseguida puede llegar a ser algún día el fuego candente de nuestro Dasein y de qué manera. La condición previa para ello es que seamos capaces de pensar más que nunca la esencia de la a)lh/qeia. Por ello nuestra meditación histórica ha señalado hacia algo cuyo alcance [147] todavía no medimos: que inicialmente la verdad era el carácter fundamental del ente mismo. Eso significa a la vez que la verdad es sabida y pensada en conexión con la pregunta por el ente como tal. Pero esta pregunta es el inicio del pensar occidental. Y esto implica que el ser-necesario del saber de la verdad va de la mano con el ser-necesario de este inicio. Sólo en la meditación al respecto adquirimos los criterios suficientes para el ser-necesario que debe determinar nuestro preguntar por la verdad, si es que este preguntar no debería degenerar enseguida en una desarticulación indiferente del concepto de verdad, en una mera sustitución de la doctrina tradicional mediante una doctrina transformada, sin haber preparado lo más indispensable: la transformación desarrollada por sí del estilo del pensar y preguntar.

Al final se mostró que la pregunta inicial de los griegos, la pregunta por el ente es de tal modo que prohíbe el preguntar por la a)lh/qeia como tal. Pues el estar desocultado es aquella determinación del ente que constituye en general y de antemano el horizonte dentro del cual es posible la exhibición de los caracteres mencionados del ente y por ende la ejecución de la pregunta por el ente. Para llevar a la vista lo que se halla en el horizonte, precisamente éste mismo debe resplandecer antes para iluminar lo que se halla dentro de él; sin embargo él mismo no puede ni debe llegar a ser lo divisado expresamente. El horizonte, la a)lh/qeia, en cierta forma tiene que ser pasado por alto.

Pero en primer lugar se trató de aprehender y fijar al ente como ente, erigir el puro reconocimiento del ente como tal y nada más. Sin embargo esto fue suficiente si consideramos lo que al mismo tiempo se fundó con ello: la determinación inicial del ser humano como aquel ente que en-medio del ente en totalidad deja imperar a éste en su estar desocultado. El dejar imperar se lleva a cabo al exhibir al ente en sus formas y modos de presencia y lo preserva en ellos – un acaecimiento en el cual [148] la poesía, el arte figurativo, la acción que funda el estado y la veneración de los dioses por primera vez reciben su esencia para entonces hacerla histórica y siendo como historia en sus palabras y obras, acciones y encantamientos, asaltos y ocasos.

3) Origen de la concepción del ser humano como animal racional a partir del no-poder-soportar el primer inicio

Pero ya que aquel inicio de la determinación del ser humano a partir de su referencia al ente como tal llegó a ser solamente un primer comienzo y no permaneció como inicio, ya que aquello que siguió fue incapaz de fijar esta fundación de la esencia del ser humano en su carácter inicial, es decir, crearla siempre más originariamente, por eso se tuvo que señalar brevemente cómo la concepción, subsecuente y ahora usual, del ser humano en cuanto animal racional surgió del no-poder-soportar aquel gran inicio en el cual el ser humano debía traerse ante el ente como tal y ser él mismo en-medio del ente un ente.

Si en ello se señaló a las estribaciones más extremas y para nosotros hoy visibles de esta historia de la determinación esencial del ser humano, esto sucedió no para comenzar una estéril “crítica cultural” o algo así, tampoco para ilustrar una “situación actual” del ser humano. Más bien el señalamiento a la distancia entre la concepción actual totalmente usual del ser humano y su inicio se halla por completo y solamente en conexión con nuestra pregunta por la verdad y la historia de su esencia. Pues si ahora debido a la preparación, que ha durado siglos, y sobretodo mediante la modernidad, el ente ha devenido la maniobra de la razón, a la cual fundamentalmente nada debería resistirse, y si a una con ello esta razón en cuanto ente apela al vivenciar y a la vivencia, y en el caso embarazoso de que la maniobra falle, [149] “cita” el destino, entonces con este señalamiento a la maniobra y a la vivencia se nombran solamente los dos polos entre los cuales oscila la concepción usual de la verdad – la corrección.

La determinación de la verdad como corrección no es el contenido doctrinario indiferente e inofensivo de una “lógica”, que desde hace tiempo ha llegado a ser indiferente, en cuanto disciplina escolarizada: corrección es el ajuste y adaptación calculable de todo comportamiento humano a la maniobra. Aquello que se le opone es triturado. Pero esto correcto, su repercusión y su éxito, es apropiado, guardado como posesión y llevado a la utilización y al goce mediante la vivencia. Lo que en el comienzo del pensar moderno fue puesto por primera vez como certeza del yo mediante Descartes, en donde el ser humano se asegura del ente en cuanto el objeto de su representar de su seguridad, es el germen de aquello que hoy constituye la forma fundamental de ser-humano en cuanto “vivencia” y “vivenciar”. Forma parte de lo grotesco de la historia el hecho de que hoy – por cierto muy tardíamente – se descubra la necesidad de tener que refutar a Descartes, y que eso se lleve a cabo apelando, contra él y su “intelectualismo”, a la “vivencia”, cuando la “vivencia” solamente es el descendiente mediocre del cogito ergo sum cartesiano.

De esta indicación deducimos que la concepción del ser humano va de la mano con su posición respecto de la verdad, y que viceversa, el estatus de la pregunta por la verdad, y esto significa también y ante todo el olvido y relegación de esta pregunta, corresponde siempre a una determinada autoconcepción del ser humano y de su referencia al ente como tal. Naturalmente con ello no se ha decidido nada sobre el carácter propio de la relación esencial entre la verdad y el ser humano. Ante todo no debemos entender la transformación de la autoconcepción del ser humano en el sentido de la psicología o de la historia de la cultura. Estas transformaciones psicológicas, morales y culturales se mueven todas ellas dentro de una estabilidad en la [150] concepción del ser humano – una estabilidad que ahora es conmovida y exige la primera gran transformación. Ésta sólo puede ser medida a partir de la referencia del ser humano al ente como tal y a su verdad. De aquí resulta que esta transformación es más escasa de lo que podemos creer, y que tiene su fundamento más oculto, pero a la vez más poderoso, en la concepción del ente como tal y en el ser-necesario de tal concepción.

Suponiendo que nosotros estemos ante una transformación esencial de la esencia de la verdad y a una con ello ante una transformación de la posición del ser humano en-medio del ente y respecto al ente, entonces esta transformación sólo puede provenir de un ser-necesario que está a la altura del ser-necesario del inicio. Aquellos que preparan la transformación deben estar listos para tal ser-necesario. Esta disponibilidad puede ser sembrada sólo mediante un saber del ser-necesario. Tal saber, que es algo diferente al mero manipular con conocimientos, posee una fuerza transformadora y crece de la meditación – para nosotros aquí a través de la meditación sobre el ser-necesario del preguntar, en cuyo ámbito y en cuanto su horizonte resplandeció por primera vez la esencia de la verdad como a)lh/qeia, a través de la meditación sobre el modo del ser-necesario del inicio del pensar occidental. Pero todo ser-necesario surge, de acuerdo a su modo, de una necesidad.

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